Cuecas porteñas

Portada del libro Cuecas porteñas, de Santiago Alonso.

© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
Obra inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile, N.º 2026-P-17589
Queda prohibida su reproducción, distribución o utilización total o parcial sin autorización expresa del titular, salvo las excepciones previstas por la ley.

Valparaíso no se deja mirar de frente.

Se deja entrever.

Aparece en una bajada, en una baranda oxidada, en una piedra que se asoma al mar como si llevara años esperando algo que no termina de llegar. Y el que lo conoce sabe que el puerto no está en sus calles, sino en lo que queda después de recorrerlas.

Estas cuecas nacen de esa forma de mirar.

No buscan contar la ciudad, porque Valparaíso no se cuenta. Se recuerda. Se nombra por partes, como quien vuelve sobre algo que ya vivió y que todavía no termina de irse.

Aquí hay mar, pero no el mar abierto.

Hay el mar que golpea, que insiste, que se queda.

Hay cerros que no se explican, casas que parecen sostenerse más por costumbre que por cimiento, y rincones donde el tiempo no pasa igual que en otras partes.

Cada cueca toma algo de eso.

Un perfil.

Un sonido.

Un gesto.

Y lo deja dicho sin cerrarlo, como se dicen las cosas en el puerto, a medias, con la certeza de que el resto lo completa quien escucha.

Porque la cueca, como Valparaíso, no necesita explicarse.

Se sostiene en su propio ritmo.

En su forma de insistir.

En esa mezcla de dureza y memoria que no se borra.

Estas cuecas no intentan fijar la ciudad.

Solo acompañarla un momento.

Y dejar, en ese acompañar, algo de lo que el puerto sigue siendo cuando ya no queda nadie mirando.

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