Del cofre de Teresa

Portada del libro Del cofre de Teresa, de Santiago Alonso.

© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
Obra inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile, N.º 2026-A-6519
Queda prohibida su reproducción, distribución o utilización total o parcial sin autorización expresa del titular, salvo las excepciones previstas por la ley.

Prólogo

Durante años pensé que este encargo me sobreviviría.

Los papeles que el lector tiene ahora ante sí no fueron escritos para ser publicados. Tampoco para ser leídos por extraños. Mucho menos para permanecer a salvo del tiempo. Eran hojas sueltas, algunas dobladas, otras apenas sostenidas por una caligrafía herida, rescatadas del fuego en días donde demasiadas cosas ardían al mismo tiempo.

No me corresponde aquí repetir aquella historia. Baste decir que, en septiembre de 1973, entre el humo, el miedo y el desconcierto, una parte de estos escritos logró escapar a la destrucción. Desde entonces quedaron bajo mi resguardo.

Muchos años después, ya retirado del Ejército y lejos de los deberes que marcaron mi vida, decidí volver sobre esos papeles. Algunos estaban incompletos. Otros habían sufrido el deterioro inevitable de las décadas. La tinta se había vuelto frágil. Había versos interrumpidos por manchas, dobleces y silencios. Comprendí entonces que, si no los transcribía, terminarían desapareciendo del todo.

Mi intención original fue siempre otra.

Esperé, durante años, que las circunstancias del país cambiaran lo suficiente como para devolver este material sin riesgo a Teresa, su legítima destinataria. Imaginé más de una vez el momento de entregarle el contenido del cofre, las cartas y aquellos poemas que parecían escritos únicamente para el resguardo de dos personas. Pensé que el tiempo, alguna vez, haría posible ese acto sencillo de restitución.

Pero ese tiempo nunca llegó.

Teresa partió de este mundo sin recuperar aquello que alguna vez le perteneció.

Fue entonces cuando comprendí que mi responsabilidad había cambiado. Ya no se trataba de custodiar el silencio, sino de impedir el olvido.

Los poemas reunidos en este libro son una selección hecha entre muchos otros. He preferido incluir aquellos cuya lectura fue posible reconstruir con mayor claridad. Algunos estaban incompletos; otros, demasiado dañados para asegurar fidelidad en su transcripción. He procurado intervenir lo menos posible, limitándome únicamente a ordenar fragmentos dispersos y a reconstruir, cuando el deterioro lo exigía, lo estrictamente necesario para preservar el sentido.

Confieso algo que no preví.

Mientras copiaba aquellos versos desde papeles dispersos hacia nuevos cuadernos, comencé lentamente a internarme en una intimidad ajena. Poema tras poema, carta tras carta, fui asistiendo —como un testigo tardío— a la historia de Rafael y Teresa. No a la versión pública, perseguida por comentarios, rumores o la indiscreción de los medios, sino a otra más silenciosa: la de dos personas intentando encontrar una forma de permanecer juntas lejos de la mirada ajena, protegiendo aquello que el ruido del mundo suele volver frágil.

En los años en que Rafael y Teresa se conocieron, el amor todavía dependía de la paciencia. No existía la inmediatez de las respuestas ni el alivio instantáneo de una voz al otro lado de un teléfono portátil. Quien esperaba, esperaba de verdad.

Las cartas tardaban días. A veces semanas.

Había algo profundamente humano —y también desesperante— en el hábito de acercarse al correo con una esperanza silenciosa: encontrar un sobre con el nombre propio escrito a mano. Unas pocas líneas podían sostener varios días de incertidumbre. Un retraso cualquiera bastaba para alimentar el temor, la nostalgia o el malentendido. El amor, entonces, tenía otro ritmo. Más lento, quizá más vulnerable, pero también más persistente.

Creo que eso explica muchas cosas de estos poemas.

Rafael no escribía desde la serenidad. La relación con Teresa estaba atravesada por encuentros fragmentados, silencios, dudas y una intensidad que parecía crecer precisamente allí donde el tiempo juntos se hacía insuficiente. Quizá por eso estos textos tienen algo de conversación suspendida, de pensamiento dicho a medias, de intento por comprender aquello que el amor vuelve luminoso y, al mismo tiempo, frágil.

No siempre escribía grandes acontecimientos. Más bien lo contrario. La mayor parte de estos textos nacieron de aquello que suele parecer insignificante: una mano sostenida un instante más de lo habitual, una risa recordada al final del día, el modo en que alguien acomoda el silencio de una habitación o la extraña sensación de que ciertas personas, aun ausentes, siguen modificando la temperatura del mundo.

Por eso algunos pensamientos regresan. Algunas preguntas reaparecen. Hay obsesiones pequeñas, temores que vuelven con otro rostro, esperanzas que insisten y reflexiones que se repiten apenas desplazadas, como si el corazón no supiera avanzar en línea recta. Así sucede muchas veces cuando alguien ama profundamente: uno vuelve sobre los mismos lugares, pero nunca del todo igual.

Hay en estos poemas una forma de esperar que hoy pudiera parecer excesiva. Una insistencia que no proviene de la ansiedad, sino del tiempo mismo. Rafael escribía como quien intenta permanecer cerca aun desde la distancia; como quien deja palabras encendidas para atravesar los días sin la certeza de cuándo llegará la próxima respuesta.

Las cartas incluidas aquí pertenecen a ese mismo territorio íntimo. No fueron escritas para explicar una historia, sino para sostenerla. En ellas Rafael y Teresa intentan prolongar una cercanía que rara vez podía darse con naturalidad, como si cada palabra fuese una forma precaria —pero necesaria— de permanecer juntos un poco más.

Estos poemas no cuentan esa historia de manera ordenada. No fueron escritos para narrarla. Pero en sus pausas, sus insistencias, sus ausencias y sus regresos, el lector encontrará quizá las huellas de ese lento acercamiento; el modo en que dos vidas, atravesadas por sus propias circunstancias, aprendieron a reconocerse hasta alcanzar finalmente un lugar menos expuesto donde vivir.

No sé si este libro llega tarde.

Tal vez todos los libros verdaderos lo hacen.

Pero me gusta pensar que, dondequiera que descanse Teresa, alguna parte de estas páginas ha encontrado por fin el camino de regreso.

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