
© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
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Prólogo
Nadie sabe con certeza en qué tiempo vivió Poweng, conocido entre sus discípulos como el Maestro de la Vasija de Barro.
Algunos dicen que enseñó en una aldea rodeada de montañas. Otros aseguran que caminó durante años siguiendo el curso de los grandes ríos, sin permanecer más de una estación bajo el mismo techo.
Llevaba consigo una vasija humilde, oscurecida por el fuego y quebrada en uno de sus bordes. Cuando alguien le preguntaba por qué no la reemplazaba, Poweng respondía que una vasija herida conoce mejor el valor del agua.
No dejó palacio, escuela ni linaje conocido.
Su nombre aparece apenas en antiguas referencias, unido siempre a un sendero, a un discípulo sin rostro, a una frase pronunciada junto al fuego o a aquella vasija de barro que parecía contener más silencio que agua.
Se cuenta que hablaba poco.
No porque ignorara las respuestas, sino porque desconfiaba de aquellas palabras que pretenden cerrar lo que la vida ha dejado abierto.
Para Poweng, la enseñanza no debía imponerse.
Debía caer lentamente en el espíritu, como la lluvia sobre una tierra endurecida.
Por eso recurría a las cosas humildes: el agua, la piedra, el árbol, el cuenco, la semilla, el animal que atraviesa el camino.
Sabía que lo pequeño conserva a veces una verdad demasiado profunda para ser explicada.
Sus meditaciones no fueron pronunciadas para resolver los misterios del hombre.
Fueron concebidas para acompañarlo mientras los atraviesa.
En ellas se habla del amor y de la pérdida, del trabajo, la pobreza, la fortuna, la vejez, la justicia, el deseo y la muerte.
Pero bajo esas palabras fluye una sola pregunta:
¿cómo debe vivir el hombre para no alejarse de sí mismo?
Poweng no ofrece mandamientos.
Observa.
No condena la debilidad, aunque advierte sus peligros. No desprecia el error, pero enseña a reconocer la huella que deja. No promete una existencia sin sufrimiento, sino una mirada capaz de no desperdiciarlo.
Quien busque respuestas rápidas encontrará aquí pocas certezas.
Quien se detenga, en cambio, tal vez descubra que una frase breve puede acompañarlo durante muchos años.
Estas páginas deben leerse sin prisa.
Una meditación puede bastar para una jornada.
Algunas mostrarán su sentido de inmediato. Otras permanecerán cerradas, como una semilla bajo la tierra, hasta que cierta experiencia les conceda raíz.
Así llegan hasta nosotros las palabras atribuidas al Maestro de la Vasija de Barro: despojadas del ruido de su tiempo, aunque todavía vivas.
No sabemos si fueron pronunciadas exactamente de este modo.
Pero toda sabiduría antigua cambia de vasija al cruzar los siglos.
El agua, si es verdadera, permanece.