
© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
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Prólogo
El camino anterior al camino
El regreso más largo no comenzó después del Holocausto.
No comenzó cuando se abrieron las puertas de los campos ni cuando los sobrevivientes buscaron sus nombres en las listas. No comenzó en las barracas de desplazados, en los puertos clandestinos ni en aquellos barcos envejecidos que cruzaron el Mediterráneo llevando más memoria que equipaje.
Había comenzado mucho antes.
En el relato más antiguo conservado por el pueblo judío, comenzó en Egipto, cuando una multitud de esclavos abandonó la tierra de la servidumbre y emprendió un camino hacia un lugar que todavía existía únicamente como promesa. Antes de poseer una tierra, aquel pueblo poseyó una dirección. Salió sin conocer por completo el destino y atravesó el desierto llevando consigo una palabra que debía convertirse algún día en morada.
Llegó.
Levantó ciudades, cultivó campos, construyó un templo y llamó hogar a la tierra donde pudo reunir su nombre. Pero ninguna llegada fue definitiva.
Jerusalén cayó. El templo fue destruido. Los habitantes fueron llevados cautivos a Babilonia. Junto a ríos extranjeros aprendieron que una ciudad podía continuar existiendo aun después de haber sido perdida. No podían caminar por sus calles, pero podían recordarlas. No podían tocar sus piedras, pero podían pronunciar su nombre.
Cuando se les permitió volver, regresaron.
Encontraron ruinas. Levantaron nuevamente los muros, reconstruyeron el templo y reunieron las palabras dispersas. El regreso no deshizo el exilio: lo incorporó a la memoria. Desde entonces, cada piedra reconstruida llevó dentro la piedra que había caído.
Siglos después volvió la destrucción.
Roma derribó el segundo templo y dispersó al pueblo por territorios cada vez más lejanos. Jerusalén quedó atrás, pero su nombre viajó. Entró en las casas levantadas en España, el norte de África, Europa oriental y las ciudades del Mediterráneo. Se sentó en las mesas familiares. Fue pronunciado al nacer un hijo y junto a la tumba de quienes morían sin haber visto la tierra recordada.
Durante generaciones, el regreso dejó de ocurrir con los pies.
Ocurrió en la oración.
El cuerpo se volvía hacia Oriente. La boca decía el nombre de la ciudad. Al finalizar ciertas celebraciones, una frase confiaba al año siguiente aquello que el presente no había podido cumplir. Los padres la entregaban a sus hijos, y los hijos, al envejecer, volvían a entregarla.
Hubo expulsiones.
Las puertas se cerraron en Inglaterra, Francia, España, Portugal y en numerosas ciudades de Europa. Las familias recogieron el libro, el pan, alguna llave y los nombres de los muertos. Partieron hacia otra tierra donde durante un tiempo se les permitió vivir. Allí levantaron nuevamente una mesa, encendieron una lámpara y comenzaron otra vez.
Cada expulsión prolongaba el regreso.
Cada casa perdida hacía más interior la casa recordada.
Muchos llegaron a amar profundamente los países donde habían nacido. Hablaron sus lenguas, cultivaron sus artes, enseñaron en sus universidades, defendieron sus fronteras y enterraron allí a sus antepasados. No vivían esperando permanentemente la partida. Eran ciudadanos, vecinos, trabajadores, niños que caminaban hacia la escuela sin pensar en antiguos desiertos.
Pero la historia volvió a cerrar sus puertas.
El Holocausto no inició aquel regreso. Estuvo a punto de terminarlo para siempre.
El propósito de la maquinaria nazi no fue expulsar nuevamente al pueblo judío, sino borrar su posibilidad de regresar a cualquier lugar. Destruir los cuerpos, los nombres, las familias y la memoria que los unía. Hacer que después del último tren no quedara nadie capaz de pronunciar Jerusalén.
Sin embargo, quedaron sobrevivientes.
Salieron de los campos llevando a los ausentes dentro de sí. Buscaron a sus familias, regresaron a casas que ya no les pertenecían y esperaron durante años detrás de nuevas alambradas. Después caminaron hacia los puertos. Subieron a barcos clandestinos. Fueron detenidos, devueltos, encerrados nuevamente.
Y continuaron.
Cuando finalmente pusieron los pies en aquella tierra, no concluyó una travesía nacida después de la Segunda Guerra Mundial. Alcanzó su orilla un viaje que había cruzado Egipto, el desierto, Babilonia, Roma, las expulsiones, los guetos, los campos y el mar.
No llegaron solos.
Con ellos desembarcaron quienes habían pronunciado durante siglos el nombre de una ciudad que nunca pudieron ver.
Este libro cuenta el último tramo de aquel camino.
El tramo más oscuro.
El que estuvo a punto de no tener sobrevivientes.
Pero detrás de cada poema avanzan todos los regresos anteriores, como huellas enterradas debajo de otras huellas. Porque un pueblo puede ser expulsado muchas veces de una tierra, pero mientras conserve su nombre, su memoria y una dirección hacia la cual volver el rostro, el regreso continúa.
Por eso fue el regreso más largo.
No por la distancia recorrida sobre los mapas, sino por los siglos que debió atravesar para poder pronunciar nuevamente, con los pies sobre la tierra:
Aquí.