
© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
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Prólogo
He aquí el libro de las piedras encendidas,
de los ríos que cargaron sobre sus aguas
la voz de los abuelos y el temblor de los hijos.
He aquí el canto del Tawantinsuyu,
el imperio del Sol,
donde hombres y mujeres,
con manos de maíz y mirada de relámpago,
levantaron templos, ciudades y caminos
sobre los andamios de la montaña.
En estas páginas no habla un solo poeta:
hablan las momias tutelares,
los amautas que contaron la memoria en nudos,
los guerreros que regaron la tierra con sangre,
los danzantes que imitaron al cóndor y al puma,
los sacerdotes que abrieron el vientre de la llama
para leer en sus entrañas el destino del mundo.
Aquí resuena la voz de los incas coronados,
de Pachacútec y su reforma de fuego,
de Túpac Yupanqui y sus expediciones marinas,
de Huaina Cápac y sus desvelos en Quito,
de Huáscar y Atahualpa,
que se alzaron como dos soles
y dejaron al imperio herido en su propio corazón.
Aquí avanza también la sombra del extranjero,
el hierro vestido de dogma,
la cruz y la pólvora,
el rumor de los caballos que jamás habían visto los Andes,
el cóndor caído en Cajamarca
y la cabeza decapitada que sembró la esperanza de Inkarri.
Pero no todo fue ruina:
del humo y de la ceniza
se alzó la memoria como semilla guardada.
Los pueblos vencidos en la batalla
alzaron sus cantos y danzas como murallas invisibles,
mantuvieron la lengua,
guardaron la raíz,
y encendieron en secreto la brasa de la historia.
Este libro recoge ese fuego.
No es elegía ni lamento,
es testimonio y siembra:
un coro de voces que atraviesa siglos
para decir que el imperio no terminó,
que aún vibra en las montañas,
en las manos curtidas del campesino,
en las estrellas que vigilan los caminos.
Lector, abre estas páginas como quien abre una huaca:
no hallarás un cadáver,
sino un corazón que late.