Va al paraíso

Portada del libro Va al paraíso, de Santiago Alonso.

© Santiago Alonso, 2026. Todos los derechos reservados.
Obra inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile, N.º 2026-P-17587
Queda prohibida su reproducción, distribución o utilización total o parcial sin autorización expresa del titular, salvo las excepciones previstas por la ley.

Prólogo

Hay ciudades que se visitan.

Otras se recorren.

Algunas se estudian con la paciencia de los historiadores.

Pero existen unas pocas —muy pocas— que terminan instalándose en la vida de un hombre con la discreción de un secreto.

Valparaíso pertenece a esa extraña estirpe.

Durante mucho tiempo creí que una ciudad estaba hecha de calles, de plazas, de edificios, de ascensores, de barcos y de nombres escritos sobre un mapa. Bastó regresar una y otra vez para comprender que estaba equivocado.

Las ciudades verdaderas están hechas de otra materia.

Están construidas con la respiración de quienes las habitaron, con las lluvias que todavía golpean antiguos techos de zinc, con escaleras que parecen continuar subiendo cuando nadie las mira, con ventanas que han pasado un siglo contemplando el mismo océano y con leyendas que se niegan a desaparecer porque han encontrado refugio en la memoria de las piedras.

Este libro nació lentamente.

No fue escrito para reconstruir la historia de Valparaíso ni para describir sus cerros.

Nació de una necesidad más íntima: comprender por qué una ciudad podía ocupar el lugar reservado a un antiguo amor.

Poco a poco descubrí que el puerto no era solamente un paisaje.

Era una forma de escuchar el viento.

Una manera distinta de entender la lluvia.

Un idioma hablado por el mar, por el hierro, por la piedra y por la niebla mucho antes de que llegaran los hombres.

Los poemas que siguen no pretenden explicar ese idioma.

Apenas intentan acercarse a él.

Tal vez el lector encuentre en estas páginas un ascensor que todavía asciende hacia un lugar desconocido, una casa donde el tiempo continúa respirando, una campana enterrada debajo del viento o un puerto que permanece despierto mientras el mundo duerme.

Si eso ocurre, este libro habrá cumplido su propósito.

Porque, al final, comprendí que Valparaíso nunca necesitó ser escrito.

Era yo quien necesitaba aprender a escucharlo.

Y acaso todo amante termine haciendo lo mismo: descubrir, demasiado tarde, que nunca fue dueño de aquello que amó, sino apenas un testigo agradecido de su inagotable misterio.

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